Sunday, July 15, 2007

 

Surreal
Por Alex Ayala S.

Todas las urbes grandes y multiétnicas deben tener un barrio significativo en cuanto a su nivel de surrealismo en las calles. En la nuestra, la ciudad de México (país que asombró a André Bretón), seguramente tenemos varias zonas que califican. La Condesa, por ejemplo.
En el barrio de La Condesa, los habitantes estacionan sus autos en colonias aledañas y todos los motores que circulan son conducidos por hombres de chaleco rojo, amarillo o azul con una leyenda de valet parking en el dorso. En esos carros ajenos ligan, se reproducen, juegan cartas, checan su nuevo CD pirata o dormitan un rato.
Muchos interiores de edificios son públicos, los visitantes los caminan para visitar sus tiendas-casas, pero el pavimento frente a ellas es privado. Está encerrado en un rectángulo amarillo con un “burro” que delimita propiedad. A falta de “burro”, colocan cubetas con cemento, piedras del tamaño de la Coatlicue del Museo de Antropología, muebles viejos, casas de perro, letreros de pie robados del Centro Histórico, macetas con tierra o a la tía no deseada, a la que inclusive sientan en una silla retro a tejer chambritas.
Los perros salen perfumados y arreglados a pasear a sus andrajosos amos, por eso las jardineras dejaron de vestir el tradicional verde pasto para padecer un aromático café caca. Caca de perro, los dueños todavía defecan en escusados. Las razas más frecuentes –de perros, quiero decir- son Pug, que en chino quiere decir “animal extremadamente horrible”; Whippet, Soft Coated Wheaten Terrier y Basset Hound, pasando obviamente por los políticamente correctos labradores y Golden Retrievers. Sí hay lugar para las razas mexicanas, pues gracias a los aztecas se ha cotizado el Xoloiscuntli y, gracias a Taco Bell, los Chihuahua.
Las tiendas fashion ofrecen objetos que en otros suburbios mexicanos sólo se ven en la basura o en las patéticas ventas de garage, mientras que las salas, comedores y antecomedores de las verdaderas casas son ahora el mobiliario de los antros ocasionales. En los hogares de la zona, la gente se sienta en enormes manos rojas, en el regazo de un negro bosquimano tallado en madera o en poliedros in semejantes a instrumentos mongoles de tortura del siglo V.
Dentro del más humilde (humilde es un decir) depa (porque los caros son lofts), el escenario reproduce lo más fiel posible una vecindad tipo Nosotros los Pobres: A la mitad de la estancia, una jaula para canarios color amarillo vial nomás de adorno; en la cocina, una fiel reproducción de ollas de barro de 3 mil pesos el juego (de dos); en la recámara, un petate original de indígena mazateco, pero comprado en la misma cuadra; y en el baño, un kit personal de piedra pomes, un minitemazcal –con ladrillo y hierbas raras- y un sospechoso zacate que trae etiqueta de “Made in Malasia”.
Los lofts, que en inglés quiere decir “bodegota mal hecha con muchas ventanas y escusado a la vista de todos”, son otro asunto. Uno puede imaginar (nunca ver, porque las ventanas son para dejar entrar la luz y ajenarse de los simples mortales) que en el interior de estos espacios hay muebles incómodos pero bonitos: Sillas Bauhaus en las que es imposible sentarse más de 7 minutos sin que se adormezca la nalga, desayunadores avant garde tan cómodos como un abatelenguas, sofás colgantes “para estar” muy parecidos a un apachurrado nido de golondrina, mesas de centro que bien podrían ser confundidas con pista de teibolera y hasta estructuras metálicas para colgar bicicletas (total, en un loft de 24 metros cuadrados hay lugar para todo).
En las aceras se observan galerías de holandeses, cafés americanos de franquicia, heladerías italianas que desplazaron a La Michoacana, comederos orientales, congales venezolanos, pubs irlandeses y parrilladas argentinas. Por suerte el sastre, el localito donde arreglan maletas y la miscelánea que expende baguetes de milanesa son orgullosamente mexicanos.
Los parques siguen siendo para caminar… pero con los huaraches Prada, pantalones de lino de Venecia corte inglés, indumentaria australiana casual como de cazador o, en el peor de los casos, sudaderas rojas de spandex compradas en famosos raves en Ibiza.
Los olores de La Condesa, los olores… Tan protuberante como exótica es la mezcla de ajo, yoghurt ácido y pepinos de los yiros del restaurante griego contrastando con la masa, el aceite de seis días y el chicharrón prensado del puesto de garnachas a dos metros sobre la misma banqueta. Está también el asado de corte uruguayo que se impregna de chela derramada en las inmediaciones del tendajón de Doña Cata, el que se mira de frente con un soberbio bistro pampero.
En el mero corazón de la colonia, en La Costera de La Condesa, conviven con placidez el olorcito de varias cocinas italianiodes, un sutil dejo cremoso de dos establecimientos afrancesados y el hedor de una cantina arrabalera bien de pueblo, que es el único reducto nacional en apariencia –es de españoles, ja-.
¿Sobra decir que nada huele a flores? Los pocos espacios que le quedaban a una que otra endeble magnolia silvestre perdida terminan por sucumbir ante el haraganeo del humo de los technoinciensos, o sea, de esas extraordinarias varitas sintéticas que concentran químicos que a veces, sólo a veces, llegan a oler a algo natural.
En La Condesa no hay fondas ni cantinas tradicionales porque nos hemos civilizado. Existen cafetines, bistros, merenderos, cuisines, pubs, tascas, tabernas, rauxas, rincones y lounges; incluso los localitos de comida corrida son ahora “espacios que ofrecen menús ejecutivos”. ¿El secreto? Comprar platos de metal grandotes y poner las mesas a la mitad de la banqueta.
Los polis y empleados del valet parking comen lo mismo que los comensales, nomás que los segundos lo hacen sentados, enfundados en una de sus 74 poses preparadas y con una laptop frente a ellos, mientras los primeros se ven obligados a ingerir sus alimentos en la trastienda, en la camioneta que llevan a estacionar –abandonar, digamos- o detrás de la barra y a escondidas.
Es imposible comer o tomar una cerveza sin ser abordados por 14 vendedores ambulantes. Está la niña de las calcomanías de corazoncitos, el joven de los relojes de imitación, la señora de los juguetes de madera, el de la caja de toques, el de los boletos de lotería, la viejita de los cigarros, el compadre que pide ayuda para los padecientes de Sida, los niños que piden “para un taco”, el hindú que vende ropa de buena manufactura, el chavo que te regala un mapa de La Condesa y que además vende tachas “para ayudarse”, la chava que pide dinero porque su novio la dejó plantada con la cuenta y el que ofrece chicles y cigarros de broma.
Los músicos son un rubro aparte. Está el trío romántico –que casi siempre son dos-, el mariachi light (guitarrón, trompeta y requinto), la banda zacatecana baja en grasas (el papá en la trompeta, el tío en la guitarra desafinada y el hijo en la tarola siempre a destiempo), los pasantes del Conservatorio (con violín y contrafagot), los concertistas excéntricos a los que sólo les falta la soprano para montar “Las Bodas de Fígaro”, los jóvenes trovadores-soñadores-librepensadores que siguen cantando “Mi Unicornio Azul”, el trío unplugged (rolas de José Alfredo Jiménez con la guitarra conectada a un pequeño amplificador Gorilla de 7 watts), la marimba móvil (dos señores tocan y, mientras descansan, otros dos la cargan hasta el siguiente local), el octogenario rocanrolero que insiste en cantar Inagada da Vida o Smoke on the Water bajo los influjos de la mariguana (quizás porque sólo así resiste ser ignorado por tanta gente) y, finalmente, la señora loca que todas las colonias tienen y que puede soltarse en la interpretación libre de “Corazón de Piedra”, de Lucía Méndez, o “El Baile del Sapo” versión teporocho mix.
¿Así, o más surreal?
Quizás por todo lo anterior es que muchos seguimos visitando La Condesa, porque en ella se intercala la frescura de la vida con el plástico de la moda. Es un barrio que estamos echando a perder, esto es irremediable; le sucede a todos los espacios que concentran vibra porque automáticamente “llaman” a los vampiros sociales que acuden a cargar energía.
Ya es normal encontrar letreros de “Se vende depto” o “se renta” en las calles más representativas, aparte de los típicos “Si usted respeta mi entrada, yo respeto sus llantas”. Esto es un mal presagio. Casi puedo asegurar la devaluación escandalosa de La Condesa en los próximos cinco años y no soy genio, de hecho, es un ciclo normal de las zonas de concentración popular.
Lo mejor es que, cuando se vaya la masa, nos quedaremos los de siempre. Podré caminar a El Centenario o a La Rauxa de Quím Jardí sin tocar tanto surrealismo.

Wednesday, February 14, 2007

 

Un día y su copia (primera parte)
Por 48grados, Alex Ayala S.

Por fin me animé a hacer el experimento. Hace una semana reproduje un día que ya había vivido.
Elegí el miércoles 24 de junio de 2003. Como ya había concebido este plan a largo plazo y soy persistente en mis terquedades, anoté en un cuaderno Scribe forma francesa todos los acontecimientos que se suscitaban con sus detalles, los estúpidos y los que parecen interesantes. Sabía, de alguna manera, que esto iba a dejarme algo a largo plazo.
El martes 6 de febrero de 2007 decidí que el siguiente día sería la copia del ya citado. Me levanté exactamente a las 10:42, regurgité el mal humor que me debería dominar porque estaba crudo. Me puse de malas a propósito –por cierto, no me costó trabajo, ésta es una facultad de los amargados como yo- y me levanté de la cama del lado derecho, que entonces era el único que me permitía mi cama al estar orillada a la izquierda, visto desde la cabecera. Fue difícil porque en la actualidad tengo mi colección de pergaminos antiguos en ese espacio, pero la terquedad es un gran poder ciego. Después de más de cinco minutos de lucha para hacerle espacio a las puntas de mis pies (con ellas tanteamos siempre al mundo para ver si sigue ahí), la mesita de cedro tallado cedió unos centímetros y me permitió levantarme.
Tres años antes tenía la manía de lavarme el pelo con un shampoo con acondicionador y aroma a Aloe Vera, cuyo mejor sustituto había comprado el lunes anterior de la semana actual. Primer problema: La tina no era la misma porque el departamento no era el mismo. Es más, no había tina, sólo una ducha incapaz de imitar el chacualeo del agua entre los dedos de los pies.
No cedí, imaginé que mi baño era una réplica perfecta del acaecido años atrás, sin embargo, la loción astringente no era igual a la marca que utilizaba antes. Tampoco el rastrillo hipertecnologizado. Por fortuna recordé que en el pasado la resaca había sido perrísima, así que, inteligentemente, convertí las nimiedades técnicas en dolor de cabeza por el exceso de alcohol.
Mientras me secaba con la misma toalla con la que me sequé el 22 de junio de 2003, el teléfono sonó. Carajo, nunca me llaman a esta hora a la casa, ¿por qué tenía que ser precisamente cuando quiero vivir de nuevo un día gastado? El tono del aparato no era el mismo. La mentira se rompía de nuevo.
No contesté, es obvio. A los dos minutos sonó el timbre del celular que me hace saber que hay un mensaje de voz. ¡Chingada madre, se supone que todavía no tengo ni siquiera celular! ¿Me dejarían fantasear en paz?

Sunday, December 24, 2006

 

La aplicación Navidad. exe
Por Alex Ayala S., 48grados

Yo soy Pentium II, por eso en mi disco duro no corre con facilidad la aplicación Navidad.exe. Se traba mi máquina, simplemente se ataranta, recobra archivos obsoletos sin que yo se lo pida y los ejecuta a discreción.
No quiero adelantarme a lo que digan los medios desde una sala de relaciones públicas en Sillicon Valley, pero creo que esto es un virus; peor, creo que ya contagió a millones de cerebros, específicamente en las cosmópolis y sus inmediaciones.
Lo primero que me sucedió fue que se activaron ciertos programas de audio sin yo preverlo, lo que ocasionó que en todos lados escuchara melodías no deseadas. “Luis Miguel y sus villancicos más obsoletos”, “La Academia en concierto, más insípida y barata que nunca” y la finísima selección de rolas navideñas con sonido sintético incluido en la serie de foquitos del árbol navideño de La Comer.
Más tarde y como es común en estas fechas, una disfunción logró que se activaran mis aplicaciones .mov, .wmp y .wsf, con lo que se me aparecieron Santo Closes por todos lados. En la Alameda, en las fachadas de las casas vecinas, en la TV y hasta en los correos de la gente de toda mi confianza. No creo que ellos sean culpables, por eso estoy seguro de que esto es un gusano o un troyano, es decir, es un virus que me están contagiando sin tener ellos plena conciencia.
Lo que más me alarmó fue ver de nuevo, como cada fin de año, como cada temporada de compra condicionada, que la gente que quiero y aquellos a los que no conozco salían tanto a las tiendas de barrio como a los centros comerciales a hacer compras de emergencia (de pánico). Es triste notar al padre que descuida a los hijos sistemáticamente y que el 23 de diciembre le compra a su “nena” un bolso empeluchado con la cara de Tatiana al frente (por Dios, ella tiene ya 17 años, respétala), a la madre castradora que niega todos los permisos de salida al hijo y le compra una loción (qué bizarrez, ¡para qué quiere el morro oler bien en su casa?) y al tío, ése que ni siquiera se sabe el nombre de la hija menor de la familia, comprar un CD de Fiesta Reggaetón o cualquier otra porquería impersonal.
Ya no lo dudo: Esto es un virus.
Lo dije antes, no tengo la aplicación Navidad.exe, por eso mi CPU intenta entender y formula preguntas que aparecen en mi pantalla: ¿Por qué es “Santa” Claus, si es hombre? ¿En qué momento dijo que se tenía que regalar algo de valor monetario en dicha fecha? ¿Cómo nos ordenó el gordito de rojo que hay que poner el obsequio en una bolsa cara con la marca aspiracional al frente? ¿A quién se le ocurrió que es necesario incluir la nota del regalo para que el destinatario pueda cambiarlo si se le antoja? ¿Cómo llegamos a la pelotudez de regalar “certificados de tiendas comerciales” para que nuestro ser querido los haga valederos a discreción? ¿POR QUÉ SE DEBE SENTIR MAL ALGUIEN QUE NO REGALA ALGO EN NAVIDAD?
Me metí en varios buscadores de Internet y confirmé que mi máquina está jodida, pues cuando busco Navidad, Christmas, Santa Claus o Cristo, no aparece ningún archivo que mencione la compra como obligación para ser “políticamente correcto” durante la mencionada celebración. Se habla de la bondad de Nicolás de Bari, de las celebraciones holandesas del siglo XVI y del sentido humanitario que le infringió a la leyenda un escritor norteamericano. “Fruslerías”, como diría Manolito, el de Mafalda. Por lo menos eso parece a partir de la desesperación con la que una señora se peleaba con otra en El Falacio de Hierro por obtener una bolsa fashion para regalar a su mejor amiga.
Por fortuna puedo reformatear mi computadora mental. Esta solución me parece la más amable, y es que me encantaría poder desear “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo” sin pensar en lo que expreso, sin sentir aprecio por la persona que tengo enfrente. Parece que eso hace la mayoría, es decir, aparenta querer a la humanidad, pero el wevón padre de familia se estaciona en el cajón para minusválidos (vaya, lo es, pero no lo sabe); la clienta de Liverpool compra doce tarjetas llenas de mensajes de amor y le truena los dedos a la despachadora mientras le susurra al oído a su amiga que “todas éstas son unas gatas” y el empresario con negocios prósperos lleva a la canastita de Starbucks unos regalitos baratos para expiar sus pecados, pues tiene siete años evadiendo impuestos y manteniendo a su amante en un barrio alejado de su casa.
Antes de downloadear la aplicación Navidad.exe pensé rápidamente: ¿Es esto lo que quiero, me quiero tomar la píldora azul de Matrix?
Creo que me respondí que no, la prueba es que ahora mismo no estoy esperando a “Santa” ni los regalos que me darán “Mamá” y “Papá”, sólo quiero ver reunida a la gente que quiero. Decidí dejar de lado los cascabeles, renos, nieve, duendes trabajadores, intercambios navideños, abrazos mentirosos, trineos, a Rudolph, los villancicos, los centros comerciales, al gordo vestido de rojo y a su séquito.
Mi mejor obsequio me lo dio mi máquina al impedir que corriera el archivo Navidad.exe.

Wednesday, November 29, 2006

 
Be sieddo bad
por Alex Ayala, 48grados


Beddita viebre. Be gusta borgue be desagusta las deurodas, be hace beddsar desde ud ádgulo diberedde, es decir, be doy bedbiso de ibagidar barbaridades (es ud grad esfuerzo broduddciar da eddde con desbriado).
Biedso gue soy un bedazo de guelatina, gue do deggo cerebro y gue be he godbeddido ed ud brotozoario, ud odgadisbo sidn gabacidad de bedsabiendo, ¿do de ha basado?
Das bados sod bedazos de gadne gue do desbonden a das óddedes y se vueven gobo les viede en gada, subren un desgontrol subrebdicio vás allá de da dógica gobúd.
Gá, ve dío de vi, esdo es ud esbectágulo bizaddo gue do de deseo a daddie. Soy esglavo de los Gleedegs y de los addibiótigos; bedo do beod es gue es ibbosible gobunigarse gon la guedde borgue un desbriado es do bisbo gue hablad ed eguibcio.
Do sieddo, soy bésibo bada esgribid agribado, dejebos esdo bara desbués.

Sunday, November 05, 2006

 


Unos cuantos engañadores
Por Alex Ayala, 48grados

Me trepé al avión como si nada mientras la azafata ofrecía mentas; ella era parte de una farsa que se venía venir. El viaje era a Shiwawa.
Todo el personal del aeropuerto y las líneas aéreas estaba coludido, ellos sabían el papel que debían desempeñar, un acto coreográfico que tenía como objetivo convencerme de que la realidad siempre será relativa.
En la cabina de pilotos se encontraba un extraordinario ingeniero de sonido que diseñó un sonido ficticio perfecto de turbinas que se encienden, el rumor de las avionetas Cessna que deambulan alrededor del Airbus en el que yo permanecía, incluso el crujir del armatoste al momento de moverse para, supuestamente, tomar la pista 23 izquierda para despegar.
También pude calcular al profesional de efectos especiales que construyó las gigantescas pantallas a mis costados con el afán de convencerme de que era de noche. Le doy su crédito; su labor fue tan perfecta que creí ver al personal de tierra del aeropuerto en sus faenas cotidianas; me refiero al tipo con las luces rojas y los tapaorejas o al conductor del carrito maletero.
Los engañadores jamás sabrán que yo desde el principio me di cuenta de que no estábamos despegando, de que todo era un escenario armado para hacerme creer que habíamos dejado de tocar tierra. No soy tan inocente. Quiero decir, soy tonto, pero no inocente.
La verdad es que abordé un simulador de vuelo primitivo que era comandado por la sobrecargo de pelo lacio trigueño, ella daba las órdenes a más de media centena de empleados cuya responsabilidad era jalar las palancas de un complejo sistema de poleas que hacen rotar un ciclorama móvil. Otros cuarenta engañadores se dedicaron a inclinar y sacudir el shuffle con el fin de confundir mi percepción sensorial, así yo experimentaría el mareo natural de un despegue.
Me sirvieron un tequila, se mostraron amables; regularon el aire acondicionado para que no pareciera aquello un frigorífico de carnes… En fin, hicieron lo suyo.
Todavía no entiendo como se las arreglaron para que el aterrizaje fuera en una llanta; debió ser difícil para los que cargaban la aeronave inclinarla hacia la derecha sin perder el equilibrio. Creo que una señora dos asientos adelante también notó que una farsa se ejecutaba, pero calló porque le era más conveniente, ¿quién le iba a creer?
Ya en tierra, caminé por los pasillos primermundistas del “aeropuerto internacional de Shiwawa” con sus asientos metálicos, su banda de equipaje y el espacio de recibimiento. Se esmeraron todavía más los engañadores, pues contrataron a dos centenas de extras que protagonizaron a la esposa en espera de su marido ejecutivo con la niña dormida en brazos (espero que le hayan pagado doble llamado a la menor), a los tres tipos del baño que en realidad estaban meando, a los novios que se besaron recién se encontraron … incluso a los sardos del ejército que custodiaban el apartado de migración.
En fin, que de inmediato me llevaron al hotel, lo que les dio tiempo suficiente para montar la ciudad que al otro día pude ver. Me extraña, ¿tanto esfuerzo sólo para convencerme de la irrealidad de un vuelo? Bastaba con que me hubieran invitado a ser parte de la escenificación, yo mismo me hubiera ofrecido para colaborar en el engaño a otro inocente viajante.
Curioso… Mi reloj se retrasó automáticamente una hora como si me hubiera movido de latitud.

Wednesday, October 18, 2006

 

La infame Q
Por Alex Ayala, 48grados

Parece una letra cualquiera en el teclado de la computadora, pero la Q es infame desde todos los ángulos. Primeramente es mal intencionada, su misión más egoísta es preguntar (¿qué, quién?) y se ayuda de una prima lejana para hacerlo (la c: ¿Cuándo, cómo?), aunque a veces se disfraza para ejercer su oficio inquisitorio (¿De quién, desde cuándo?).
Luego se arrincona lejos de las demás, les huye y las segrega. Cualquier dedo le queda lejos porque es soberbia, aparte de que se considera contracultural, por eso se roza tanto con el tabulador como con la tecla de las mayúsculas.
No me importa que busque ser auténtica, lo que me revienta es que sacrifique la funcionalidad de la máquina para satisfacer su alter ego. A veces creo que por eso se hizo del signo @; ella cree que la a rodeada de un círculo la puede definir y la hace glamorosa.
Qantas, línea aérea australiana; Quo, vocablo en latín; Aquarántima, palabra inventada por un escritor que se dio cuenta de la exclusividad deseada por la Q… ¿necesito más pruebas?
En fin, que me genera enfado. Por eso me gusta la K de kilo y de Kamasutra; porque es excéntrica sin necesidad de proyectarlo; casi puedo jurar que la obsesión de la Q es convertirse en K, que está más a la mano del escribano y es más sincera, amistosa, sociable.

Monday, September 25, 2006

 

“No te conviene”, dijo la gitana (parte 1)
Por Alex Ayala, 48grados

La sala de espera de la tarotista no era lo que yo esperaba. Imaginé días antes el olor a incienso, las mantas hindúes colgadas en las paredes y cualquier otro elemento arquetípico relacionado con la lectura de cartas, por eso me sorprendí cuando un joven me indicó que tomara asiento en una sala de sillas individuales de madera blanca con una mesa minimalista al centro.
“Daniela no tarda”, dijo. Yo esperaba a una Zuhaila, Indira o a una Madame algo.
En el recinto, un ventanal a media altura dejaba entrever el mediodía a partir de esa luz polvorienta típica de marzo, mientras a una distancia corta se escuchaban ocasionalmente los pasos del caminante de la colonia en la banqueta del otro lado de la pared de la fachada. La duela en el piso me hizo contar mentalmente los billetes en mi cartera (¿será que el precio del servicio ha subido? No creo que sea barato mantener una casa de duela laminada).
En esos minutos de pequeña tensión pensé en las diversas ocasiones en las que critiqué a mis amigas por acudir a los “oportunistas y mercachifles”, a los merodeadores del destino que se enriquecían diciéndole a los visitantes aquello que querían escuchar, es decir, no una visión del futuro, sino un escenario aspiracional.
Me pregunté si me daba tiempo de ir al baño, En ese momento apareció una chava de aparentes 23 años que se presentó como Daniela; me pidió que pasara al antecomedor y que me sirviera un té antes de que se enfriara, porque recalentado, aseguró, sabe a rayos.
Ella salió al garage interior al tiempo que yo me instalaba en el cuarto indicado, me quité la chamarra y miré de reojo a la calle. Cerré las dos pequeñas ventanas, no quería que un paseante eventual fuera testigo del designio que la fortuna me tenía apartado.
Escuché a lo lejos la desactivación de la alarma de un auto (tuit-tuít), después de unos segundos vino la activación (tuít) y apareció ella con una cajetilla de cigarros Broadway en una mano, el encendedor en la otra y en la boca un cilindro encendido.
“Hola, ¿qué pasó?”
(¿Cómo? “¿Qué pasó?” Yo me esperaba algo más dramático e histriónico, una bola de cristal o una señora con mascada de colores cubriendo su cabello rizado. Demasiada televisión).
“Hola, soy Marcos, pero mis amigos me dicen Maneco”.
- Maneco, ¿ya pagaste? Te pregunto porque luego no le gusta a la gente lo que le digo y se van sin pagar.
- ¿Eh? Ah, ya, ya pagué.
- Sales, entonces siéntate. Hay tamales, si quieres uno, nomás dime.
(No, no se vale. Uno llega a la cartomancia con un cúmulo de expectativas dictadas por el celuloide; lo que menos me esperaba era un trato coloquial de una chamaquita de sudadera verde y pantalones de mezclilla, ¿dónde quedó el glamour?)
Daniela se dirigió a una naca mesita de metal y vidrio con rueditas, se sirvió un té en una taza con el escudo del Necaxa, pateó una pelota de perro y se volteó hacia mí.
“¿Por qué no te has sentado, tienes miedo?”
El pendejo de Marcos (o sea, yo), lleno de pavor, no pude contestar esa pregunta. Mi reacción fue tan estúpida… Busqué mis lentes de armazón en los bolsillos de mi chamarra sin recordar que traía puestos los lentes de contacto ese día. Cuando me di cuenta, intenté disfrazar mi acto y saqué un boleto del Metro, lo miré con detenimiento e hice una mueca de sorpresa. Intentaba convencerla (convencernos) de que en él estaba escrito un número telefónico importante de una chava que me había ligado en la estación Tepalcates, ella me había pedido la hora y bla-bla-bla… ¿para qué seguir? Ni ella ni yo estábamos interesados en mis inseguridades.
- ¿Ya?
- Ya.
Se acercó con toda su gordura, me tomó la mano y me condicionó a sentarme en la silla más cercana a la mesita naca. A ella le costó un poco de trabajo acomodarse porque le tocó una silla con descansabrazos, pero no me soltó.
“Marcos, para este momento debes estar consciente de que estás muerto. Te voy a entender si titubeas, lo que no deseo es que te prendas, no soporto a los violentos vivos ni a los violentos muertos.”
(Vaya, qué estupidez. Por eso no quería venir, porque estos rateros te salen con cualquier pendejada para marearte y sacarte dinero).
- Ajá, ¿y luego?
- No hay luego. No pierdas tu tiempo… bueno, tú puedes perder el tiempo, pero yo no. No me hagas perder mi mediodía, entiende que antes de ser ocultista soy un ser humano que tiene que ver a mucha gente para cobrarle y sobrevivir…
- Oye, ya estuvo. No me pendejees, no me trates como a todos los tarados que vienen a tu consultorio. Yo no quería hacer cita contigo, una amiga me convenció, pero eso no significa que tengas el derecho de pasarte de lanza.
Daniela no había soltado mi mano hasta entonces, por eso le fue fácil darme un tirón y pararme a unos centímetros de la ventana principal del antecomedor.
- A ver, camina hacia tu carro.
- ¿Cómo sabes cuál es?
- Camina.
- No puedo. No mames, es ridículo, no quiero hacerme un chipote, ya veo a mis amigos burlándose de mí porque traigo un moretón en la frente…
- Si no me vas a hacer caso, mejor vete.
Uuuuuyy. Existen ciertas palabras clave que nos representan reto, y el “mejor vete” ha sido siempre para mí una provocación.
Con la seguridad de que la chamaquita estaba drogada o loca, con la seguridad de que aquello era tan bizarro que yo debía estar dormido pero con la inseguridad que siempre me caracterizó, lancé uno de mis pies hacia el zoclo de la pared frente a nosotros.
Perdí mi apuesta. Mis dedos no se aplastaron dentro de mi zapato, no sentí dolor. Experimenté lo mismo que cuando me tiré de cabeza a una alberca por primera vez al traspasar un halo desconocido que me causó un pánico automático. Ella lo notó.
“¿Ves? Estás muerto. Acéptalo, no seas necio”.
Repetí la acción y sucedió lo mismo. También metí mi mano, la cabeza, todo el torso… Como nunca había estado muerto pero soy metódico y agnóstico (necio), di por hecho que la experiencia era la prueba misma.
Me senté en aparente tranquilidad mirando hacia el suelo y con las manos entrelazadas detrás de la cabeza...

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